sábado, 7 de enero de 2012

Noctámbulos - Edward Hopper


Desde esta gran vidriera, observo cómo las nubes se transportan rápidamente, creando enormes formas que parecen llamaradas esparcidas por el cielo que ya se torna azul oscuro y trae la noche; dicha de nosotros, los que nos desvelamos con tres o cinco tazas de café… dos o cuatro botellas de vino; lo que nos venga bien.

Esta noche, el sabor profundo de un té inglés me saca de la monotonía. Aún así, el camarero sigue atento y bajo el estante, sé que hay varias botellas que me atreveré a pedir en un par de horas, cuando empiece a entrar ese viento helado de la puerta de atrás y consigo, clientes poco habituales que cuando cruzan desprevenidamente la calle, difícilmente ignoran esta esquina y caen hipnotizados por el olor a café o tal vez por mis ojos centelleantes que los vigilan. Los espero con la ilusión de encontrar nuevas historias de soledad y desencanto, porque son mis favoritas… esas de dolores íntimos que no pretenden ser curados bajo el sol, sino que se mueven ondulantes en la penumbra de esta calle oscura.

Entra un hombre de cabello oscuro, ojos miel y se sienta dando la espalda a esta enorme vista que muestra la calle. Trato de ignorarlo sosteniendo un objeto y al mirar de reojo, descubro que trae una libreta azul y en ella, varios recortes de prensa que no logro identificar con detalle. Miro con un poco menos de prudencia y él esconde rápidamente estas pequeñas hojas amarillas y gastadas. Sonrío para diluir mi indiscreción y él me mira con un gesto idéntico a los que hacen las personas que me reconocen. -¿Eres Maya Plisétskaya? preguntó rápidamente, sin dejarme siquiera averiguar qué contenían aquellos pequeños recortes que con sigilo guardó en su camisa blanca. La distancia que había en la barra hizo que el camarero me mirara con gran sorpresa de verse ante alguien que es reconocido por otra persona, pero que no tiene ninguna correspondencia con sus referentes de bailarinas neoyorkinas.

Aparté la vista de todas las sombras que me distraían de la ventana, para prestar atención a aquel hombre, que con nombres y apellidos me reconocía en esta barra. Me dijo que con frecuencia asistía a mis actuaciones en Rusia y unos años más tarde, la magia de América lo había traído en un largo viaje que terminó en esta ciudad de otoño, que lo recibía con el grato encuentro de su colección de recortes de prensa hechos mujer. Sacó del bolsillo de su camisa todos los papeles que sorpresivamente guardó y ahora pude ver que se trataba de varios carteles de prensa con mis actuaciones. Sonreí de nuevo y en este lugar, tan lejano de Moscú, las calles vacías detrás de esta vidriera se iluminaban bajo la presencia de este hombre que buscaba pacientemente el encanto de la danza y con sorpresa se enteró que al día siguiente bailaría por primera vez en Norteamérica.

Esta noche no encontré relatos de soledad y desencanto, porque esta vez se contaba en este bar mi colorida historia. -¡Salud, por Maya! dijo el hombre levantando su copa.

miércoles, 30 de noviembre de 2011

méxico


El olor de tus cosas, el sabor de tu boca, el frío inmenso que hace hoy y que me aparta de la calle, del ruido, aunque en estos momentos existan tantos objetos sonoros que alteran mi respiración.

El olor de tu sonrisa, el sabor de tu voz, que siento a través de tu música, que me ilumina la cara y que tantas veces me transporta a mi país.

Me voy de aquí feliz por tenerte, me alegra separarme, porque me diste lo mejor y yo te di mi sonrisa, mis mejores palabras y varios colores cuando te canté, cuando brindamos y bailamos, cuando caminamos sin esperar nada del otro. Solo era el gusto de estar juntos, en un tiempo y espacio renovados e inequívocos en los que me enseñaste que se puede compartir de una manera distinta, que se puede besar con el corazón y soñar con la vibración de tu voz.

sábado, 26 de febrero de 2011

La noche estrellada - Vincent Van Gogh

Me muevo entre las sombras de mis alucinaciones. El viento susurra que tal vez no volverá a amanecer; grandes heladas llegan a mis oídos a través del canto de las hojas y el horizonte permanece impávido ante el cielo que grita anunciando una apasionada tormenta.

La emoción de estas noches oscuras en donde solo percibo inmensos truenos que amenazan y en un segundo agonizan; me hacen recorrer esta pequeña habitación en donde aparecen los rayos del sol, que me aturden y me atraviesan: amarillos, dorados, naranjas, rojos, y luego desaparecen para convertirse en una luna inmensa que brilla a la izquierda de mi ventana.

¿Cuántas noches vacilantes la luna me vio correr bajo el cielo de París? Yo la abandoné a la espera de tu compañía, pero ella me persiguió hasta que caí en este negro y lúgubre espacio, al que nunca llegaste, porque la muerte me encontró primero y vigila cada noche mis pequeños descuidos.

Nunca vendrás, porque los colores ya no entran por mi ventana. Entonces quiero imaginar que vuelve a amanecer y veo el gran árbol y al fondo, la ciudad. El viento corre moviendo las nubes y los rayos de luz que ahora me alivian, se vuelven destellos redondos, como pequeños y jadeantes soles que flotan en el aire.

El viento sopla, las burbujas de oxígeno tratan de entrar, pero las rechazo, y cierro los ojos otra vez, para seguir llenando mi cabeza con un cielo azul que ya no quiero ver más por la ventana.

The Parade Ends

"Paseo por las calles que revientan,
pues las cañerías ya no dan más, por entre edificios que hay que esquivar,
por si nos vienen encima,
por entre hoscos rostros que nos escrutan y sentencian,
por entre establecimientos cerrados,
mercados cerrados, cines cerrados, parques cerrados, cafeterías cerradas.
Exhibiendo a veces carteles (justificaciones) ya polvorientos,
cerrado por reformas, cerrado por reparación.
¿Qué tipo de reparación?
¿Cuándo termina dicha reparación, dicha reforma?
¿Cuándo, por lo menos, empezará?
Cerrado...cerrado...cerrado... todo cerrado...
Llego, abro los innumerables candados,
subo corriendo la improvisada escalera.

Ahí está, ella, aguardándome.
La descubro, retiro la lona y contemplo sus polvorientas y frías dimensiones.
Le quito el polvo y vuelvo a pasarle la mano.
Con pequeñas palmadas limpio su lomo, su base, sus costados.
Me siento, desesperado, feliz, a su lado, frente a ella,
paso las manos por su teclado, y, rápidamente, todo se pone en marcha.
El ta ta, el tintineo, la música comienza, poco a poco, ya más rápido
ahora, a toda velocidad.
Paredes, árboles, calles,
catedrales, rostros y playas,
celdas, mini celdas,
grandes celdas,
noche estrellada, pies desnudos,
pinares, nubes,

centenares, miles,
un millón de cotorras
taburetes y una enredadera.
Todo acude, todo llega, todos vienen.
Los muros se ensanchan, el techo desaparece y, naturalmente, flotas,
flotas, flotas, arrancado, arrastrado, elevado,
llevado, transportado, eternizado, salvado,
en aras, y
por esa minúscula y constante cadencia,
por esa música, por ese ta ta incesante."

Reinaldo Arenas

domingo, 28 de diciembre de 2008

Autorretrato con pelo cortado - Frida Kahlo


“Mira que si te quise fue por el pelo, ahora que estás pelona ya no te quiero” Frida Kahlo

Ahí me encuentro yo, sentada sobre la silla que mi padre me regaló, el único recuerdo que traje de mi hogar familiar y que ahora se posa en mi casa de soltería por orgullo y de soledad por elección. Frente al espejo sólo puedo ver todas las palabras que con desilusión escribí en la pared y que ahora se convierten en melodías con acordes que me recuerdan uno a uno, lo que en mis sueños supe y no me anticipé a predecir concientemente.


Diego, mi panzón, ahí estoy con la tijera en la mano cortando cada uno de los placeres que me diste. Este pelo es el desperdicio de nuestros días de dicha y ahora me convenzo de sacarlos de mi vida para caminar tranquila, con este cuerpo cansado que desde mi adolescencia cargo con impaciencia; este instrumento del que quisiera salir y solo quedarme con el peso de mi alma.

Hace ya muchos años, mi vida transcurría en la casa de mis padres y hermanas. Allí la tranquilidad se desbordaba al punto de querer escabullirme hacia la inmensidad del cielo de Coyoacán, que me acogía en la espera de verme libre. Así, salí a buscar una vida diferente que empezó con tímidos esbozos de pinturas que dejaba en el patio de tu taller. Siempre pensé que esas obras solo mostraban la existencia de una vida que no era la mía, pero en realidad eran un pronóstico de lo que hasta ahora he tenido que sufrir y en algunas ocasiones alegrarme. La frustración de estar postrada en una cama, fue a la vez mi aliciente para encontrar en trazos melancólicos nuevas razones que me permitían seguir viviendo, aunque fuera en el vacío, en la angustia e infinita impotencia.

Los años siguieron transcurriendo entre la pasividad de mis recaídas, que me impedían moverme por ese cielo azul que me prometió tantas alegrías y que al final abandoné para seguirte a lugares tan desconocidos e innecesarios en el mundo. Nueva York fue el comienzo de nuestra separación; Detroit, la cumbre del abandono; Paris la reconquista de nuestra pasión a través de las cartas que me escribías y a las que nunca respondí para mantener controlado el desenfreno con el que siempre te amé.

Ninguno de mis esfuerzos sirvió para nada. Hoy me encuentro agazapada en un rincón de mi casa y tu ropa la llevo puesta para tener la conciencia despierta y saber que el contacto con tu piel ya no es algo que me pertenece. Aquí está Friducha, tu Friducha, avergonzada de haber sido tuya.